Si ahora Anabella tuviese que describir la relación que tenían usaría todos los adjetivos negativos y despectivos posibles, pero lo cierto es que no fue así. Ellos tenían algo especial, tal vez era su "talento", pero cuando estaban juntos y no había ninguna discusión no había persona alrededor que no sonriera al escuchar sus conversaciones. Entre ellos existía una confianza que rara vez se puede observar, no había dudas del amor que sentía uno por el otro y no había ninguna situación que les avergonzara. Cada uno tenía la libertad de compartir su vida con el otro.
Mientras estoy acostada en mi cama recuerdo viejos tiempos. Solía verlo todos los sábados, era el único momento de la semana que podía dedicarle a él. Por esa persona mentía en mi casa. Decía que saldría a comer o pasear, pero en realidad iba a la casa de él y nos encerrabamos en su habitación durante horas. En ese lugar el tiempo parecía volar y los problemas desaparecían, rápidamente los besos pasaban a caricias y la ropa se volvía pesada. En esos momentos no dejaba de repetirle cuanto lo amaba y siempre le decía: "no te alejes de mi nunca, quédate a mi lado"...
Recordarlo ahora me trae una profunda depresión. Las lágrimas no tardan en salir pero una sonrisa se dibuja en mi rostro porque fueron momentos hermosos, cálidos y tiernos. Era como si esa persona tuviese dos personalidades totalmente diferentes: una que me hacía sentir adoraba y feliz, y la otra que me insultaba y me miraba con odio. Ahora pienso que la persona a la que más he amado y la que más he odiado en el mundo, son la misma.
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